Marxismo y populismo

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Gastón Molineros (Artículo reproducido de ‘Revista Política N° 32’ – PCMLE)

“El populismo se presenta además como alternativa para solucionar la crisis, como fórmula de reinstitucionalización de la sociedad y como arquitecto de un nuevo orden político–social que habitualmente no excede los límites de la democracia y el sistema de producción social de la burguesía”

Al advenimiento de la globalización y la aplicación del neoliberalismo, se desarrolló un importante movimien to de masas en el planeta que derivó en un cuestionamiento generalizado sobre la lógica del modelo de libre mercado (este no alcanza aún dimensiones anticapitalistas) y el surgimiento en algunas latitudes de gobiernos que reivindicaron su condición alternativa.

Desde entonces se actualiza una importante lucha ideológica alrededor de categorías políticas, una de ellas es el populismo. En ese debate Donald MacRae sostiene, en “Populismo es una Ideología”, que “El marxismo moderno, en su giro hacia el “joven Marx”, ha pasado a ser populista. El populismo existe en los asuntos consensuales y el apoliticismo difuso de la “Nueva Izquierda”” (Laclau, 2004, pág. 22). De allí la trascendencia de actualizar la opinión de los marxistas–leninistas, más aún cuando desde la burguesía se acusa a los gobiernos alternativos de socialistas–populistas, mientras que desde las organizaciones sociales y políticas, democráticas y de izquierda, también hay caracterizaciones que los describen como populistas y reaccionarios. Pero la necesidad de analizar los recursos contemporáneos del populismo, en cuanto discurso y práctica política, trascienden históricamente a los escenarios actuales; pues fueron usados en diversos momentos y por diferentes figuras políticas.

El combate del marxismo contra el populismo es parte de la lucha ideológica y por tanto de la lucha de clases; una de las referencias más importantes tuvo lugar en la obra de Carlos Marx: El dieciocho brumario de Luis Bonaparte[1], allí el fundador del comunismo critica a Víctor Hugo y Proudhon porque en sus respectivas obras Napoléon le Petit (El pequeño Napoleón) y Coup d’Etat (Golpe de Estado) interpretan los sucesos revolucionarios de Francia entre 1848 y 1852 como la iniciativa de un individuo que definió los destinos de este país europeo (Marx, 2004). Marx en la obra mencionada define al bonapartismo como cesarismo, que en varios de sus elementos concretos son congruentes con lo que hoy llamamos populismo.

Escenario en el que surge el populismo

El populismo tiene un terreno fértil cuando son evidentes las crisis cíclicas económicas expresadas en desempleo, carestía de la vida, bajos salarios, etc.; cuando la crisis política se evidencia en una sostenida ingobernabilidad y desinstitucionalización; cuando la crisis ideológica implica cuestionamientos a la hegemonía de la clase social burguesa, es decir, en el agudizamiento de la crisis general del capitalismo, aunque su objetivo estratégico no es el de transformar la sociedad.

Por ello el populismo tiende a presentarse como anti elitista y subversivo del estado de cosas, pero además como articulador de las demandas inmediatas de las masas, como voz propia de los pobres. Ernesto Laclau[2] al respecto sostiene “La emergencia del “pueblo” como actor histórico es, entonces, siempre una transgresión respecto de la situación precedente. Y este acto de transgresión constituye también la emergencia de un nuevo orden.” (Laclau, 2004, págs. 283–284).

En ese propósito es habitual el uso de una retórica dicotómica simplista del pueblo versus las élites, la exaltación de elementos del patriotismo chauvinista, el pragmatismo ideológico mutable y una práctica social básicamente asistencialista.

Esa autoproclamación de representante legítimo del pueblo, de sus problemas y aspiraciones, establece como contrario a quienes ocupan el status quo. Sin embargo, el anti elitismo generalmente no inscribe la crítica a la clase social burguesa propietaria de los medios de producción y concentradora de la riqueza social generada por los trabajadores, sino a una franja de ella que es gobierno en ese momento concreto; y, tampoco la exaltación de la categoría de pueblo dilucida la obvia diferenciación clasista existente entre pequeños propietarios, semiproletarios y a quienes nada les pertenece más que su fuerza de trabajo que la intercambian por un salario.

El populismo se presenta además como alternativa para solucionar la crisis, como fórmula de reinstitucionalización de la sociedad y como arquitecto de un nuevo orden político–social que habitualmente no excede los límites de la democracia y el sistema de producción social de la burguesía.

Por ello es que Lenin en su obra El contenido económico del populismo y su crítica en el libro del señor Struve afirma que “El populista ve la causa de dichos fenómenos en que ‘la tierra es poca’, en los elevados impuestos, en la disminución de los ‘ingresos’, es decir, la ve en las particularidades de la política agraria, fiscal e industrial, y no en las particularidades de la organización social de la producción, de la que surge inevitablemente esa política.” (Lenin, 1969).

Economía política y lucha de clases

El populismo si bien reivindica las aspiraciones inmediatas de las masas, es también apologista de la mediana y pequeña propiedad privada, reclama la representación de los intereses de las clases y capas sociales intermedias (pequeño burguesía, campesinos medios y ricos, semiproletariado) al que denomina pueblo; es decir, el régimen de la propiedad en manos privadas.

De tal forma que trata de contrariar las leyes generales de desarrollo del capitalismo y fenómenos como: la subordinación de la libertad de competencia bajo el monopolio, la internacionalización del capital en su nueva etapa imperialista, la proletarización de las clases trabajadoras; etc.

El proyecto “multiclasista” del populismo con la retórica de pueblo versus el establecimiento, pretende soslayar la contradicción esencial de la época: capital vs trabajo, burguesía vs proletariado.

Marx en su análisis de la situación revolucionaria francesa entre 1848 y 1852 sostenía: “Esta misión contradictoria del hombre explica las contradicciones de su Gobierno, el confuso tantear aquí y allá, que procura tan pronto atraerse como humillar, unas veces a esta y otras veces a aquella clase, poniéndolas a todas por igual en contra suya, y cuya inseguridad práctica forma un contraste altamente cómico con el estilo imperioso y categórico de sus actos de gobierno… Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar nada a una sin quitárselo a la otra.” (Marx, 2004, págs. 145–146).

Más temprano que tarde los populistas se encuentran de un lado con la organización socioeconómica de la producción y por otro con el desarrollo de las fuerzas productivas que chocan entre sí. Es el momento de las definiciones y regularmente asumen la defensa de las diferentes formas de propiedad privada de los medios de producción, incluso de las élites a las que antes desdeñaron.

La simplista dicotomía populista de pueblo versus élites, la negación de la existencia de clases sociales dentro de la sociedad capitalista, la refutación del primado de la economía por sobre la política, así como la impugnación a la lucha de clases sociales[3] como motor de la historia son expresadas en estas líneas de Laclau; “El pueblo es, tanto para él como para nosotros, el protagonista central de la política, y la política es lo que impide que lo social cristalice en una sociedad plena, una entidad definida por sus propias distinciones y funciones precisas. Es por esta razón que, para nosotros, la conceptualización de los antagonismos sociales y de las identidades colectivas es tan importante, y que resulte tan imperiosa la necesidad de ir más allá de fórmulas estereotipadas y casi sin sentido como ser la ‘lucha de clases’” (Laclau, 2004, pág. 309). Lo anotado forma parte de su confusión ideológica, del inminente futuro de traición a lo que llaman pueblo y su colaboracionismo soterrado para con los propósitos de eternizar el régimen del capital.

Lenin fue enfático al establecer el carácter de clase del populismo ruso de esta manera: “Pero la desgracia es que todas estas excelentes intenciones de los populistas no han pasado de ser ‘piadosos deseos’. A pesar de que han reconocido la necesidad denesas exigencias, a pesar de que tuvieron tiempo de sobra para realizarlas… se fueron fusionando cada vez más, mediante toda una serie de pasos graduales, a la sociedad liberal…” (Lenin, 1969).

Acerca del Estado

Otra polémica entre marxistas y populistas está alrededor de las teorías del Estado. Para tal consideración es preciso mencionar que no existe una interpretación unificadora de los populistas con respecto a esta categoría, aunque tienen prácticas comunes que abstraídas serán útiles para describir su acción.

Ya se anotó que en el escenario de la crisis política del Estado capitalista, la ingobernabilidad y la desinstitucionalización son caldo de cultivo para el desarrollo del populismo que erige al líder mesiánico como la figura del orden, la paz social, la reactivación económica, etc.

El populismo se presenta en la sociedad burguesa como anti elitista, lo que no implica como propósito acabar con el Estado, sino el de constituirse en el recambio para la administración del poder político.

En la práctica social el populismo exacerba la contradicción pueblo versus élites para erigirse como representante de los desamparados, lo que le permite en el nivel de las ideas negar las diferencias clasistas resultantes de la organización social del trabajo.

Para el populismo las élites no son la clase burguesa propietaria de los medios de producción y usufructuaria de la riqueza socialmente generada, mientras que el pueblo es una muchedumbre multiclasista constituida por los afectados de la facción burguesa que administra temporalmente los poderes del Estado.

Al negar los populistas la existencia objetiva de las clases sociales y al erigirse como alternativa para administrar las diferentes funciones estatales (sin trastocar radicalmente la estructura económica de la sociedad) asumen la posición de defensa del Estado y de la burguesía como clase social.

El populista en su ambigüedad discursiva y su acción concreta es promotor de las diferencias clasistas, además de protector del Estado que es “un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurarlos… El Estado es el producto y manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en la medida en que las contradicciones de clase no pueden, objetivamente, conciliarse.” (Lenin, 2004, pag. 298).

Para los marxistas el Estado no es eterno, es el resultado del desarrollo de las fuerzas productivas y la imposición de la propiedad privada sobre los medios de producción que determinaron pasar del régimen de la comunidad primitiva (sin clases sociales) a la sociedad esclavista[4]. El Estado es un instrumento de dominación política de una clase social sobre otras. Esta dictadura se ejerce través de la autoridad jurídica alcanzada por las normas estatales y de la violencia de una fuerza pública especializada al servicio de la clase en el poder.

El populismo contemporáneo en su interés de marcar distancias discursivas con el neoliberalismo es un adulador del estatismo modernizado. En ese propósito las instituciones estatales están cooptadas al servicio líder, se reinauguran los órganos de control y vigilancia para acallar a las voces disidentes del sistema, el gendarmerismo y la violencia se naturaliza en la sociedad e incluso pretende construir una fuerza paramilitar al servicio del caudillo.

Marx denunciaba a Bonaparte por “su interés político lo obligaba a aumentar diariamente la represión, y por tanto los recursos y el personal del poder del Estado, a la par que se veía obligado a sostener una guerra ininterrumpida contra la opinión pública y mutilar y paralizar recelosamente los órganos independientes de movimiento de la sociedad, allí donde no conseguía amputarlos por completo.” (Marx, 2004, págs. 67–68). Ello demuestra que la naturaleza del Estado sigue siendo el de una dictadura clasista.

Los revolucionarios proletarios son detractores del Estado burgués porque el fin último de su lucha es la abolición de la propiedad privada sobre los medios de producción, la eliminación de las clases sociales y por ende del Estado mismo. Media en este propósito la transición de la dictadura del proletariado, el socialismo, para proteger el nuevo régimen económico y aplastar cualquier intento de resistencia o de subversión de las clases burguesas que serán relevadas violentamente por la clase obrera en el poder.

Sólo en el socialismo, fase primera e inicial del comunismo, la dictadura estatal es el ejercicio del poder de las mayorías de los trabajadores y pueblos sobre una minoría burguesa que luchará para volver al capitalismo y a la dirección del Estado.

El sujeto histórico de la transformación

Conforme a lo manifestado el actor del cambio para el populismo es el pueblo, una muchedumbre heterogénea ansiosa de que el líder resuelva sus necesidades materiales desaten didas por el sistema capitalista. El populismo contemporáneo hace alarde de la categoría ciudadanía, pero no se trata más que un juego de lenguaje modernizante que oculta su pragmatismo ideológico y la negación de las diferencias clasistas, de género y étnicas para sus propósitos políticos.

El viejo populismo del siglo XIX y XX fue combatido por los fundadores del comunismo con tenacidad en momentos de que el desarrollo del capitalismo no alcanzaba las dimensiones actuales. En ese entonces se cuestionaba el papel de la clase obrera como sujeto histórico de la transformación social, los antimarxistas esgrimieron varios argumentos como su reducido número en relación con otras clases y capas sociales (el campesinado especialmente), el débil proceso organizativo de sus fuerzas y hasta su carente instrucción formal.

En la contemporaneidad la crítica a los marxistas–leninista sigue alrededor del papel de la clase obrera, como clase dirigente en el proceso revolucionario; la proscripción de su trascendencia es multilateral desde burgueses y revisionistas, desde el populismo y la socialdemocracia que argumentan el desarrollo de la ciencia y tecnología, la escasa organización sindical, el apoliticismo del movimiento obrero, el mejoramiento de las condiciones materiales de vida de los trabajadores como factores objetivos en la superación de un determinismo clasista.

Esa lucha ideológica de ayer y hoy es sustancial porque de su síntesis y aplicación práctica depende el tipo de sociedad que se construya: continuación del capitalismo o superación cualitativa por la sociedad socialista y comunista.

Lenin, a propósito de esta discusión, afirmaba que “…la clave de la discusión entre marxistas y populistas era el rol de la clase obrera en Rusia. ¿La clase obrera industrial jugará un gran papel en la próxima revolución rusa? Esta discusión, en última instancia, radica en la cuestión de la hegemonía del proletariado…, es decir, el rol líder del proletariado y su primacía en la revolución social, en relación a las otras clases oprimidas.” (Lenin, 1969). En contraposición a lo planteado y en defensa del populismo, el filósofo político argentino Ernesto Laclau, insiste en que en las condiciones del capitalismo globalizado no existen sujetos puros del cambio, pues las condiciones del desarrollo de la sociedad han sobredeterminado unas lógicas equivalenciales (aspiraciones generales de las masas) que convierten a los afectados del capital en sujetos populares. Este autor enfatiza que “el actor histórico central —incluso aunque en cierto punto pueda empíricamente ser una ‘clase’— siempre va a ser un ‘pueblo’” (Laclau, 2004, pág. 297).

El papel de vanguardia de la clase obrera sobre las demás clases trabajadoras y explotadas por el capital no es una consigna vacía de los clásicos del marxismo, se trata de un análisis concreto de las particularidades en la organización social capitalista del trabajo.

En el capitalismo se simplifican las contradicciones de clase, más que en ninguna otra sociedad, de allí que las clases y capas sociales intermedias son transitorias porque la burguesía lucha por evitar el fraccionamiento de la propiedad de los medios de producción y opta por su concentración centralizada en pocas manos.

En contraposición a la existencia y los intereses de la burguesía está el proletariado, cuyo carácter es resaltado en el Manifiesto del Partido Comunista. “De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, tan sólo el proletariado constituye una clase auténticamente revolucionaria. Las otras clases se atrofian y desaparecen con la gran industria mientras que el proletariado es precisamente el producto más genuino de la misma. Las capas medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante y el campesino combaten, todos ellos, a la burguesía para asegurar su existencia como tales capas medias y salvarse de su hundimiento. No son, pues, revolucionarias sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias en cuanto que tratan de hacer girar hacia atrás la rueda de la historia. Y cuando son revolucionarias, lo son con vistas a su inminente transición hacia el proletariado, de modo que no defienden sus intereses actuales sino los de su futuro. De esta manera, abandonan sus propios puntos de vista y adoptan los del proletariado.” (Marx & Engels, 2009).

Por tanto, es la organización social del trabajo y la privación de la propiedad de los medios de producción el determinante para afirmar el papel de vanguardia de la clase obrera por sobre las demás clases y capas explotadas, aunque ellas formen parte de la ambigüedad de la categoría pueblo que es manipulada por los populistas.

El Partido y su necesidad

La existencia de las clases sociales es la premisa de cualquier organización partidaria. Todo partido político, así como el Estado y la propiedad privada de los medios de producción tienen una vigencia relativa condicionada a la existencia de las clases y sus contradicciones. Sólo con la extinción clasista y del Estado, con la propiedad social de los medios de producción sería innecesaria la organización partidaria de gobernantes y gobernados. De tal forma que los partidos políticos son productos históricos de una época concreta y sus objetivos centrales son: conquistar el poder político o mantenerlo.

El Partido de los marxistas–leninistas no es un conjunto de individuos que económica y socialmente pertenecen a la clase obrera, sino es un sistema de organizaciones constituidas por dirigentes, hombres y mujeres, con mayor nivel de conciencia con respecto a las masas y que disponen sus vidas subordinadas al objetivo estratégico de acabar con el poder de la burguesía, a través del ejercicio de las armas, e instaurar la dictadura del proletariado.

Esa concepción es contraria a lo que sostienen los populistas, quienes al ignorar la existencia de distinta clases e intereses sociales y concebir al pueblo como la suma de individuos (con aspiraciones inmediatas articuladas detrás de la figura y el discurso sugerente de un líder carismático) logran adocenar un movimiento pluriclasista con múltiples intereses que entran sucesivamente en conflicto. Laclau sostiene: “El ‘capitalismo globalizado’ representa un estadio cualitativamente nuevo en la historia del capitalismo y conduce a una profundización de las lógicas de la formación de identidades que hemos descripto. Hay una multiplicación de efectos dislocatorios y una proliferación de nuevos antagonismos. Es por eso que el movimiento antiglobalización debe operar de una manera completamente nueva: debe postular la creación de lazos equivalenciales entre demandas sociales profundamente heterogéneas, al mismo tiempo que elaborar un lenguaje común entre ellas.

Está surgiendo un nuevo internacionalismo que, no obstante, vuelve obsoletas las formas institucionalizadas tradicionales de mediación política (la universalidad de la forma ‘partido’, por ejemplo, está siendo radicalmente cuestionada).” (Laclau, 2004, pág. 287). El trasfondo de semejante conceptualización de los populistas, su política contraria a la organización de una vanguardia clasista partidaria estriba en su visión caudillista en la que los objetivos del líder son más importantes que los de una clase social; aunque su práctica social evidentemente representa intereses clasistas, étnicos, y de género.

La forma en que el populismo concibe al pueblo es semejante a la usada por los ideólogos del socialismo del siglo XXI, en la que su equivalente: la ciudadanía es también tendiente a la minimización de las diferencias clasistas y a la manipulación de las masas como muchedumbres que discrecionalmente, de acuerdo a la sanción del líder, son consideradas necesarias en tanto adulen su acción o negativas cuando lo critiquen y movilicen especialmente por reivindicaciones políticas[5].

El tipo de organización partidaria planteada por el populismo, riñe con la teoría y práctica social del Partido de la clase obrera. Incluso las expresiones populistas de trabajo de masas, que pueden existir y deben combatirse, al interno del Partido Comunista menosprecian la tarea de su construcción multilateral. Por ello es evidente acentuar que “La lucha política, la lucha por el poder, requiere de una organización dotada de planteamientos ideológicos y políticos programáticos que unifiquen, organicen y dirijan las actividades de masas. Este tipo de organización no puede ser el sindicato ni el gremio pues en ellos habitan distintas posiciones políticas, diversas propuestas que limitan la unidad de pensamiento, la unidad de voluntad y sobretodo la unidad de acción que necesita la lucha política.” (Miranda, 2003, pág. 38).

El papel de las masas y el líder

Para comprender las diferencias cualitativas entre el populismo y el marxismo es pertinente valorar los siguientes discursos:

  • Durante el Informe a la Nación del 24 de mayo del 2015, el presidente Rafael Correa solicitaba a su bloque legislativo reformar la Constitución que le permitiría la posibilidad de reelección indefinida. Justificaba su petición aduciendo: “Entiendo bien que mi vida ya no es mía, es de mi pueblo y de mi patria, y estaré donde me exija el momento histórico.” (Correa, 2015).
  • Esa alocución no difiere de lo que sucede en otras latitudes, así el vicepresidente boliviano, Álvaro García Linera, pronunció el siguiente discurso durante la inauguración de una unidad educativa en el Departamento La Paz[6]: “Papá, mamá, no lo abandones al presidente Evo, no lo dejes solo. No lo abandonen, el presidente Evo si tiene apoyo construye colegios, si no tiene apoyo regresarán los gringos, regresarán los vendepatrias, regresarán los asesinos y a las wawas les van a quitar todo y no va a haber destino. Va a haber llanto y el sol se va a esconder, la luna se va a escapar y todo va a ser tristeza para nosotros, no se olviden.” (Corz, 2015).
  • Aunque no contemporáneo a los citados procesos políticos anteriores; la respuesta que da a una entrevista el ex presidente argentino, Juan Domingo Perón, también es necesaria valorarla: “Siempre sigo la regla de saludar a todos porque, y no debes olvidarlo, ahora soy algo así como un Papa (…). Tomando en cuenta este concepto, no puedo negar nada [a causa de mi] infalibilidad (…) que, como ocurre en el caso de toda infalibilidad, se basa precisamente en no decir o hacer nada, [que es la] única manera de asegurar tal infalibilidad.” (Laclau, 2004, pág. 269)

Detrás de lo transcrito hay un elemento común: la exaltación del yo populista, la subordinación de la política real al papel del líder, la falsificación subjetiva de que la historia es la expresión genuina de la voluntad de sujetos trascendentes en una época concreta.

Esa curiosa filosofía de la historia que hace el populismo no es más que la acción protagónica de un prominente individuo mesiánico y las masas quedan relegadas al papel de espectadoras–seguidoras, se convierten en un vasto objeto con respecto al líder.

El error de populistas, anarquistas y de la burguesía aristocrática estriba en el uso del método para explicar la historia, ellos hacen uso del método metafísico (anticientífico), mientras los materialistas históricos ejercitan las leyes de la dialéctica.

El método subjetivo sociológico (metafísico) considera que el desarrollo de la sociedad no está determinado por ciertas leyes generales que rigen el desarrollo de la producción material, sino por la arbitraria voluntad y conciencia de ilustres personalidades que alcanzan la condición de héroes, de conductores de multitudes pertenecientes a varias clases sociales: el pueblo. Este método que obvia las leyes de la dialéctica en el fondo de su pensamiento afirma que la historia es un conjunto caótico de acontecimientos fortuitos.

Semejantes juicios de la historia no difieren de los planteamientos de los ideólogos del capitalismo y el imperialismo[7], pues también presentan al individuo (banquero, burgués, propietarios de los medios de producción) como el creador de la historia, como sujeto decisivo en la producción de mercancías, de tal forma que justifican su dominación social y política ante las masas trabajadoras.

El populista que se presenta ante el pueblo como “Su representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima de ellos, como un poder ilimitado de gobierno que los proteja de las demás clases y les envíe desde lo alto la lluvia y el sol.” (Marx, 2004, pág. 136), desestima la influencia de la organización social de la producción, la propiedad privada de los medios de producción, la existencia de las clases sociales que chocan entre sí; para su egolatría, la historia le pertenece y las masas (amorfas muchedumbres) deben seguir su clarividente voluntad.

Lenin fue un tenaz crítico de quienes así interpretaban la historia. En su obra ¿Quiénes son los “amigos del pueblo” y cómo luchan contra los socialdemócratas? Rechaza la afirmación de los populistas rusos (Lavrov y Mijailovski) de que ciertos individuos dotados de un espíritu crítico sean los demiurgos (espíritus–dioses) creadores de la historia y en oposición a tal concepción afirma el protagonismo revolucionario de las masas en la transformación de la sociedad. (Lenin, 1969).

Se infiere del método metafísico de la filosofía de la historia usado por los populistas que sin la existencia y acción de determinadas personalidades no hubiese historia o ciencia, pues es una condicionante sine qua non. Contradictoriamente a la opinión del populismo, Marx y Engels en el Manifiesto Comunista sostenían que “…toda la historia (desde la disolución del régimen primitivo de propiedad común de la tierra) ha sido una historia de luchas de clases…” (Marx&Engels, 18). Lo que no implica eclipsar el papel de los cuadros dirigentes, de las personalidades o líderes; sino que los entienden como productos relevantes de la lucha de clases. De allí que los caudillismos que retrata la historia burguesa son falsificaciones de los hechos, pues más allá de su voluntad, el motor de la historia es la lucha de las clases sociales.

Pero es impreciso desconocer la importancia del liderazgo individual de varios hombres y mujeres que se destacan en el desarrollo histórico de la humanidad. El marxismo reivindica que lo trascendente en ellos es su comprensión del desenvolvimiento de la sociedad y la ciencia, el comportamiento e intereses en pugna de las distintas clases sociales, su capacidad discursiva y organizacional o el conocimiento de las tácticas de guerra; etc. Esa diferencia cualitativa de las personalidades con respecto a las masas es una condición necesaria para que sean reconocidos como líderes, héroes o personalidades históricas[8].

Pero la tarea de conquistar el poder del Estado, de acabar con el reinado de la burguesía, de instaurar la dictadura del proletariado y socializar los medios de producción es tarea y obra de las masas trabajadoras, de la juventud, de los pueblos sojuzgados por el capital.

El marxismo enfatiza que las masas son las hacedoras de la historia. Sin embargo, ello no implica que toda su acción práctica sea revolucionaria, sólo lo será cuando el Partido de la clase obrera se multiplique entre las masas, cuando su política logre la adhesión de las mayorías decisivas.

La liberación social y nacional está condicionada a un amplio movimiento revolucionario de masas consciente de su fuerza transformadora y que haga suyo el programa del Partido de la clase obrera, en ese momento la capacidad de lucha de las masas se convierte en fuerza material de la emancipación social.

Discurso y práctica social del populismo

Marx cuando sostuvo que “como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las figuraciones de los partidos y su organismo efectivo y sus intereses efectivos, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son.” (Marx, 2004, pág. 51), invitaba a contrastar el discurso con respecto a la práctica política que al final expresa los intereses de clase reales que se representan.

Tan disímil es la acción del populismo que con facilidad se pueden hallar conjugados rasgos progresistas y democráticos con rasgos reaccionarios, por ello se requiere analizar las imprecisiones simplistas y generalizadoras de su discurso con alto contenido fluctuante y pragmático. Los malabares retóricos del populismo, su histrionismo propagandístico y la promoción de la magnificencia del líder esconden detrás su colaboracionismo con el sistema capitalista, pues para el caudillo la raíz de los problemas de las masas (pueblo) no es la actual organización social del trabajo; por ello su atención se concentra en los defectos parciales del capital.

El populismo contemporáneo y el de ayer, a pesar de su diatriba contra la partidocracia, las élites, los pelucones, los gringos, los ricos, etc., impulsaron políticas para sostener el sistema capitalista.

Su accionar redentorista no pretende acabar con la propiedad privada de los medios de producción, la expropiación burguesa de la plusvalía generada por las clases productivas o la enajenación que constituye el trabajo, sino su tarea es especular con el asistencialismo a franjas empobrecidas de masas aprovechando de la simpleza de su conciencia política.

Este tipo de actividad filantrópica con los recursos del Estado se la adelanta con los mendrugos restantes de los negocios regularmente impulsados por los benefactores populistas que benefician a una burguesía cada vez más monopólica.

La demagogia y el diversionismo ideológico del populismo no son nuevos. Marx a propósito sostenía que: “Se presenta como socialista hasta el liberalismo burgués, como socialista la ilustración burguesa, como socialista la reforma financiera burguesa. Era socialista construir un ferrocarril donde había ya un canal y socialista defenderse con el palo cuando le atacaban a uno con la espada.” (Marx, 2004, pág. 71). Tan parecido es el bonapartismo del siglo XIX a los gobiernos autodenominados alternativos de hoy.

Un sinnúmero de definiciones se han ensayado con respecto al fenómeno político del populismo. Así Gino Germani en su obra Autoritarismo, fascismo y populismo nacional establece que: “El populismo por sí mismo tiende a negar cualquier identificación con, o clasificación dentro de, la dicotomía .izquierda/derecha. Es un movimiento multiclasista, aunque no todos los movimientos multiclasistas pueden considerarse populistas. El populismo probablemente desafíe cualquier definición exhaustiva. Dejando de lado este problema por el momento, el populismo generalmente incluye componentes opuestos, como ser el reclamo por la igualdad de derechos políticos y la participación universal de la gente común, pero unido a cierta forma de autoritarismo a menudo bajo un liderazgo carismático. También incluye demandas socialistas (o al menos la demanda de justicia social), una defensa vigorosa de la pequeña propiedad, fuertes componentes nacionalistas, y la negación de la importancia de la clase. Esto va acompañado dé la afirmación de los derechos de la gente común como enfrentados a los grupos de interés privilegiados, generalmente considerados contrarios al pueblo y a la nación. Cualquiera de estos elementos puede acentuarse según las condiciones sociales y culturales, pero están todos presentes en la mayoría de los movimientos populistas.” (Germani, 1978)

Pero de todo lo expuesto se infiere que el populismo tiene un carácter histórico, por lo tanto es mutable y condicionado al escenario en el que aparece. No es estrictamente igual al cesarismo criticado por Marx o al combatido por Lenin, pero mantienen algunos elementos comunes que se reproducen en los actuales abanderados del socialismo del siglo XXI.

A pesar de que es un conjunto de recursos usados por diversos sujetos políticos su esencia es reaccionaria porque es una alternativa burguesa en momentos de que se exacerban las contradicciones fundamentales de la época y la crisis del sistema capitalista.

El populismo no tiene como propósito central transformar revolucionariamente la sociedad (pretende sólo reformarla) para alcanzar la liberación social y nacional. Y más allá de su laureado discurso que reivindica al pueblo en contra de ciertas élites, su práctica política lo desnuda como diversionismo ideológico usado para proteger los intereses del gran capital y el imperialismo.


 

[1] En el Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx analiza los sucesos revolucionarios de Francia entre 1848 y 1852: los cambios de la formación económica social feudal a capitalista, el alineamiento de las clases sociales en la monarquía, democracia liberal y en la dictadura bonapartista, el carácter del Estado, etc., pero fundamentalmente desarrolla la línea política de la actitud del proletariado ante el Estado burgués.

[2] Al argentino Ernesto Laclau se lo reivindica como un politólogo postmarxista. Su teoría critica al marxismo, busca su desconstrucción, a partir de cuestionar el determinismo económico, al sujeto histórico de la revolución socialista y la lucha de clases como motor de la historia; sus formulaciones son el resultado de la combinación del psicoanálisis, la lingüística y el logicismo provenientes de la influencia de filósofos contemporáneos Derrida, Foucault, Wittgenstein, entre otros.

[3] Las clases sociales son un producto histórico, cuya aparición se remonta al desarrollo de la división social del trabajo y al origen de la propiedad privada sobre los medios de producción. Las clases son grandes grupos de seres humanos diferenciados entre sí por: 1) el lugar que ocupan en la producción social, 2) por su relación con respecto a los medios de producción, 3) por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo; y, 4) por el modo y proporción que reciben de la riqueza socialmente generada. La existencia de las clases sociales implica intereses diversos y hasta contradictorios. Al ser productos históricos, tienen existencia relativa condicionada al período de producción social existente. La comunidad primitiva y el comunismo son las únicas sociedades en las que desaparecen las clases sociales, por lo tanto el Estado, porque la propiedad de los medios de producción es social.

[4] Engels en El Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado sostiene que en el cambio cualitativo de la estructura administrativa gentilicia griega hacia el aparato estatal se distinguen: la institucionalización de un poder central, la desaparición de la organización de la sociedad en tribus y la conjunción de ellas en un solo pueblo, el surgimiento del sistema de derecho (leyes, coerción), la diferenciación de tres clases: nobles, agricultores y artesanos. (Engels, 2004).

[5] El populismo de los gobiernos alternativos acusa de corporativismo a la organización independiente de las masas. Es su propósito de dividir, cooptar, eliminar organizaciones sociales o partidarias y crear otras afines es evitar intermediarios entre el líder y las masas. Con ello el caudillo pretende erigirse como la única y genuina representación y además flanquea las críticas o demandas que desde las clases sociales, especialmente las empobrecidas, hagan a sus políticas

[6] Evo Morales junto a Álvaro García ejercen los cargos de presidente y vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia desde el 22 de enero del 2006. A finales del año anterior convocaron un referéndum para reformar la Constitución de ese país con el objeto de habilitar la reelección indefinida de los cargos de representación popular.

[7] El método subjetivo sociológico, método metafísico en la filosofía de la historia, usado por populistas y anarquistas, fue ajustado a los intereses de la burguesía con el nombre de Teoría de la élite: la historia es dirigida por la voluntad de un pequeño grupo de personas selectas, especialmente por hombres de negocios. Los representantes de esta sociología elitista son H. Magid, Joseph Schumpeter, etc. (Rosental & Iudin, 2004)

[8] José Stalin fue entrevistado el 13 de diciembre de 1931, por el alemán Emilio Ludwig, reproducimos sus opiniones: “LUDWIG.- El marxismo niega el gran papel del individuo en la historia. ¿No ve usted una contradicción entre la concepción materialista de la historia y el hecho de que usted reconozca, a pesar de todo, el gran papel de las personalidades históricas?

STALIN.- No, no hay en esto ninguna contradicción. El marxismo no niega en modo alguno el papel de las personalidades eminentes, no niega que sean los hombres los que hacen la historia. En la Miseria de la Filosofía y en otras obras de Marx, puede usted encontrar la afirmación de que precisamente son los hombres los que hacen la historia, Pero, naturalmente, los hombres no hacen la historia a su capricho, como les pasa por la cabeza. Cada nueva generación encuentra condiciones determinadas, ya dadas y existentes cuando ésta hace su aparición. Y los grandes hombres tienen valor únicamente en tanto en cuanto saben comprender bien estas condiciones, en tanto en cuanto saben comprender como modificarlas. Si no comprenden estas condiciones y quieren modificarlas según las sugestiones de su fantasía, estos hombres no son más que Quijotes. Así, pues, y precisamente según Marx, no se debe oponer los hombres a las condiciones. Son precisamente los hombres los que hacen la historia, pero solamente en la medida en que comprenden bien las condiciones que encontraron ya dadas, y solamente en la medida en que comprenden cómo es posible modificarlas. Es así, por lo menos, como comprendemos a Marx nosotros, los bolcheviques rusos. Y lo hemos estudiado durante decenas de años.

LUDWIG.- Hace aproximadamente treinta años, cuando realizaba mis estudios en la Universidad, numerosos profesores alemanes que se consideraban partidarios de la concepción materialista de la historia, nos inculcaban la idea de que el marxismo niega el papel de los héroes, el papel de las personalidades heroicas en la historia.

STALIN.- Eran vulgarizadores del marxismo. El marxismo nunca ha negado el papel de los héroes. Por el contrario, reconoce que el papel que representan es considerable, pero con las reservas que acabo de hacer.” (Stalin, 1946, págs. 64-66).


Bibliografía

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Stalin, J. (1946). Lenin. Moscú: Ediciones en Lenguas Extranjeras.

 

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