El fin de Fukuyama y el historicismo liberal

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-Jorge Gamarra (PCRB)

Es una verdad circular que la economía mundial, desde finales de los años 80, experimentó cambios profundos, cambios que tuvieron importantes implicancias políticas. La globalización no es un fenómeno imaginario como algunos críticos mal encaminados señalan. Ojalá lo fuera. En términos objetivos, la integración de los mercados financieros, la libre movilidad de capitales y la hibridación cultural han resultado ser tan dañinos como la ficcional mano invisible del mercado.

Surgidas del nuevo escenario global, las reformas económicas que fueron rápidamente impuestas a los países postcomunistas no fueron experimentadas sin dolor o pena. ¿Quién perdió a China? ¿Quién perdió a Rusia? En ambos casos, la respuesta es la misma: los ingenuos intelectuales neoclásicos y las élites políticas cuya corrupción halló justificativo en el discurso del libre mercado irrestricto.

Los estados postcomunistas son la mesa de laboratorio en la que se creó un híbrido formidable: un libre comercio mal practicado y un estatismo burocrático que da mejores garantías para el crecimiento económico que la fragilidad y las incertidumbres de la democracia liberal. Las transiciones jamás son gratuitas. El tránsito hacia el capitalismo y el estrellato de las potencias multipolares tuvo un importante costo económico y humano en los países del celebrado BRICS. ¿Quién habla hoy en día de los 4 millones de muertos que trajo consigo la Revolución Rusa de 1991, tan aplaudida por grandes gurús de la democracia como Jeffrey Sachs y Mario Vargas Llosa?

La mayor interdependencia entre naciones creada por el capitalismo global es un fenómeno con doble cara. A todos no resulta encantador consumir los mismos artículos que se consumen al otro lado del mundo sin restricciones logísticas o comerciales de importancia. Sin embargo, las crisis financieras, las grandes quiebras y los colapsos económicos no son muy entretenidos que digamos. Esto es así tanto para ricos como para pobres. Las crisis globales, sean económicas, ambientales o de seguridad, son indisociables de la globalización. Las hamburguesas vienen con papas fritas y la globalización viene con crisis. Todo forma parte del mismo paquete.

La globalización plantea muchas preguntas y brinda pocas respuestas, pero si hay algo excesivo en ella, ese algo es el malestar. Claramente algo anda mal con el siglo XXI. La extrema derecha siente esta incomodidad con más violencia que la izquierda reformista. El triunfo de Donald Trump en Estados Unidos es la revancha de un pueblo que confió en la globalización, dio mucho por ella y recibió un sopapo a cambio. Estados Unidos atraviesa por un difícil momento económico a causa del librecambismo masoquista de Reagan. En determinado punto, romper el tablero del juego que uno mismo ha creado resulta ser un gesto comprensible y espontáneo.

“Si Gorbachov fuese expulsado del Kremlin o un nuevo Ayatollah proclamara el milenio desde una desolada capital del Medio Oriente, estos mismos comentaristas se precipitarían a anunciar una nueva era de conflictos”. Fukuyama, como todo mal hegeliano, se precipita a anunciar el thelos antes que la obra haya terminado. La geopolítica mundial es una obra teatral y el telón de acero aún no ha sido recogido. El público permanece expectante mientras la globalización da los justificativos para emprender una tercera guerra mundial.

El triunfo del liberalismo es el triunfo del pasado sobre el pasado. La primera era de oro del capitalismo (1875-1914) ha resucitado de entre los muertos, sólo que esta vez no trae consigo vientos de prosperidad burguesa ni lujo aristocrático. El siglo XXI no tiene espacio para un Fitzgerald escribiendo sobre la bonanza financiera del modesto Gatsby. El triunfo de la globalización es equivalente al triunfo de la pobreza, la contaminación, la guerra y el cinismo.

El zeitgeist del historicismo liberal es una caricatura de la teleología del siglo XX. ¿En serio vamos a conformarnos con tan poco? El Estado homogéneo universal —la exportación de la principal mercancía liberal, la democracia republicana— no satisface a nadie. La historia no acabará mientras las bestias del bosque sigan hambrientas. La burguesía está hambrienta. El homo economicus tiene mucha maximización que hacer aún. Mientras la codicia de las clases dominantes, y de las demás clases sociales también, no haga que ellas acaben consigo mismas, el fin de la historia no pasará de ser un slogan intelectual.

La democracia liberal está cada vez más derrotada. El giro autoritario de Asia es la principal evidencia de esto. Países como Myanmar, Singapur, Tailandia y Vietnam están más cómodos creciendo a un ritmo que duplica el del deteriorado mundo libre, que respetando la corrección política del liberalismo y abandonándose a los reveses de la crisis económica global. El GDP o PIB crece con más dinamismo cuando la tecnocracia estrecha manos con el militarismo. La democracia no es el mejor régimen para generar crecimiento económico. Jeffrey Sachs y Seymur Lipset estaban equivocados: el capitalismo prospera más bajo el autoritarismo que bajo la democracia, bajo la racionalidad burocrático administrativa que bajo la racionalidad del buen parroquiano de John Locke.

El comunismo nunca pretendió ser el enemigo principal de la democracia liberal. Que sea el propio liberalismo quien se quede con ese papel. El liberalismo económico y el liberalismo político son incompatibles. La lucha de clases sigue siendo el pujante motor de la historia de la humanidad, esta nuestra historia universal que se esculpe con sangre y lodo.

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